lunes, 25 de febrero de 2013

¿LOS APEGOS TE DOMINAN?



LA MANO ABIERTA – Cuento tradicional de la India
-¿Así que quieres atrapar monos?, dijo el guía africano. –¡No hay problema! Podemos usar trampas, redes, armas…
-Ese es el problema, amigo mío- sonreía el distinguido profesor que estaba conduciendo una expedición de científicos al continente africano. -Queremos atraparlos, pero vivos, sin ninguna herida, para que puedan ser transportados sanos y salvos hasta nuestro país.





Los miembros de la expedición se pusieron todos de acuerdo, sabían que las trampas convencionales a menudo resultaban lesionando e hiriendo a los animales atrapados en ellas. La idea era no dañar a los monos, sino estudiar su hábitat desde un ángulo más cercano. De manera que unieron sus mentes para tratar de solucionar el problema.
Finalmente hallaron la solución. Consiguieron pequeños jarros con cuellos largos, dentro de cada uno ubicaron un puñado de maníes y los ataron a los árboles. Un gran número de estos jarros fueron ubicados en la selva, en diferentes puntos estratégicos donde frecuentaban los primates.
Habiendo olfateado los maníes, los monos metieron sus manos en los jarros, confiando en que sus garras se introducirían en los mismos para asegurarse la comida. Pero para ellos el problema surgió cuando quisieron sacarlas. Por más que se esforzaban al máximo, no podían liberarse.
Como consecuencia, los monos se quedaron allí, gritando, incapaces de escapar con su botín, ni tampoco de dejarlo en donde estaba, hasta que fueron capturados uno por uno.
Si tan solo hubieran abierto sus manos y soltado lo que tanto aferraban, hubieran escapado tranquilamente, ya que la palma abierta de la mano hubiera salido del recipiente con la misma facilidad con que entró, mientras que es obvio que un puño cerrado, un puño que aferra, que quiere poseer a toda costa y no sabe soltar ni liberar lo que tiene oprimido, nunca logra escapar indemne y queda prisionero de su propio apego.
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Nosotros también vivimos atrapados por objetos mundanos que nos atan y nos hacen estar cautivos por afectos enfermizos o posesivos, desde el dominio y la castración, y no desde la genuina libertad del ser, que es no esperar nada a cambio por nuestras acciones.
Donde entra una mano abierta, no sale un puño cerrado.
Quien logra abrir su puño, gana su libertad.
Quien no, ya quedó condenado.


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