martes, 25 de diciembre de 2012

El Copyright de la biblia


Los “derechos reservados” o “copyright” que los editores suelen estampar en las portadas interiores de los libros son, dicen, una figura jurídica que tiende a proteger los derechos del autor sobre la obra escrita. ¿Qué derechos? Lo que uno escribe debería ser patrimonio de la humanidad. Ideas y palabras que remonten el vuelo por todas las latitudes y que el lector escaso de dinero pueda beneficiarse de lo que el escritor produce. Que a éste no le faltará comida.




Pero no es así. Esos apercibimientos siempre en letra pequeña parecen un semáforo rojo para frenar ansias de cultura. Son como un fiscal que advierte, asusta y amenaza. Una manera de proteger beneficios económicos de autores y editores. El dinero. Siempre el dinero, maldito o bendito.
Que lo hagan quienes en nuestro vocabulario llamamos “gentes del mundo”, pasa, allá ellos, es su negocio. Pero si nosotros no somos del mundo para unas cosas, tampoco deberíamos serlo para otras. Si nos dieran licencia propondríamos que ningún escritor evangélico reservara los derechos de sus libros. Si esto no es posible, al menos que dejen en paz a la Biblia, por favor. Estampar el copyright en un ejemplar de la Palabra de Dios es sacrílego, herético, abominable, impío, violento, vandálico, pecado mortal, el más mortal de los pecados.
Acaba de llegar a nuestra redacción un ejemplar de la llamada “Biblia cronológica”. Originalmente fue publicada en inglés en 1984. La versión castellana es de EDITORIAL PORTAVOZ, de Michigan, Estados Unidos. El trabajo ha sido realizado por un tal Frank L. Smith. Ya nos parece mucha ñoñería que dedique la Biblia a su papá y a su mamá. Pero hay algo más grave. Dice el editor en primera página: “Ninguna parte de esta publicación podrá reproducirse de cualquier forma sin permiso escrito previo de los editores”. Para que nos entendamos: Si usted quiere mandar por internet, pongamos por caso, el Cantar de los Cantares a un amigo suyo o si su Iglesia decide imprimir un folleto para distribuirlo gratis con la parábola del hijo pródigo o el capítulo 3 de San Juan, debe escribir a Michigan suplicando permiso. Demencial.
Esta Biblia no es la única en semejante arbitrariedad. “La Biblia, Palabra de Dios para todos”, del Centro Mundial de Traducción de la Biblia, sólo autoriza reproducir mil versículos. La “Biblia de Referencias Thompson”, publicada en Miami por EDITORIAL VIDA, sigue en la misma senda de la censura. Dice: “Reservados todos los derechos. Ninguna parte de esta obra- se refiere a la Palabra de Dios- puede ser reproducida o transmitida mediante ningún sistema o método”.
Tenemos sobre la mesa de trabajo otras versiones en castellano y en inglés que insisten en reservar sus derechos sobre la Sagrada Escritura. El espacio disponible en esta página nos impide denunciarlas a todas.
Pero creemos que los ejemplos referidos están suficientemente fundamentados para expresar nuestra repugnancia con quienes se apropian de la Biblia para multiplicar su dinero.
Las traducciones, versiones o copias del texto bíblico tienen su origen en manuscritos hebreos y griegos que se remontan a los orígenes del cristianismo, a los albores de la humanidad, cuando en el primer trueno verbal del Creador “Dijo Dios” (Génesis 1:3).
Si toda la Biblia es Palabra de Dios, ¿qué derecho tiene nadie a robarle la propiedad intelectual? ¿No quería Pablo que la Palabra de Dios corriera y fuera glorificada (2ª Tesalonicenses 3:1) por todo lo largo y ancho del mundo, por qué éstos comerciantes de lo divino le ponen limitaciones? ¿No dice Pablo en otro lugar que la fe se engendra en el corazón humano por el oír la Palabra de Dios (Romanos 10:17, ¿por qué los nuevos mercaderes del templo ponen obstáculos dinerarios a la búsqueda de la fe?
¿Qué hacer? ¿Callar? Es la actitud de los indecisos, de los cobardes, de quienes dicen que no quieren complicarse la vida. Bien. A ver hasta dónde llegamos.
J. A. Monroy es escritor y conferenciante internacional.

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